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Hoy más que nunca, es noble ser madre y motivo de gran regocijo ser mujer

Las mujeres desempeñan una función integral en la obra de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Dios otorgó a la mujer cualidades divinas de fortaleza, virtud, amor y disposición. Hay una extensa lista de mujeres valerosas y fieles que han luchado en la causa de la verdad y la rectitud desde tiempos inmemoriales, y cuyos nombres están escritos en la historia de la humanidad. Nadie cuestionaría las contribuciones de estas mujeres majestuosas.

Mujeres fieles han trabajado valientemente en la causa de la verdad y la rectitud desde antes de la fundación de este mundo. El incomparable papel de Eva, cuyos actos pusieron en marcha el gran plan de nuestro Padre y María, “un vaso precioso y escogido” (Alma 7:10), que dio a luz al niño Cristo.

Hoy más que nunca, es noble ser madre y motivo de gran regocijo, ser mujer. El distinguido puesto que ocupan como guardianas del hogar y sostén de la sociedad, denominada así por los que saben, a  cada mujer consagrada al fortalecimiento del matrimonio y de la familia, a través de diversos recursos.

Valiosas mujeres honorables y dignas,  optimistas y ejemplares, con plena firmeza  en la devoción del modelo justo  a seguir; mujeres que se deleitan en prestar servicio y en hacer el bien a los demás; en amar  la vida y el aprendizaje; en defender  la verdad y la justicia; alcanzando el merecido lugar que le corresponde en el seno de esta sociedad, en momentos tan cruciales para nuestra patria.

Tenemos presente que “no hay mayor defensor en todo el mundo, de la mujer y el sexo femenino que Jesús el Cristo”. La primera vez que el Señor reconoció ser el Cristo, fue a una mujer samaritana en el pozo de Jacob, donde le enseñó sobre el agua viva y declaró con sencillez: “…Yo soy” (Juan 4:26). Y fue a Marta a quien dijo: “…Yo soy la resurrección y la vida… Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Juan 11:25–26).

Durante Su más grande agonía, mientras colgaba de la cruz, el Salvador sintió compasión por una persona, Su madre, cuando en aquel terrible pero glorioso momento pidió a Juan el Amado que cuidara de ella como si fuera su propia madre (Juan 19:26–27).

De esto podemos estar seguros: El Señor ama especialmente a las mujeres rectas, mujeres que no sólo son fieles, sino que están llenas de fe, mujeres que son optimistas y vivaces porque saben quiénes son y a dónde van, mujeres que se esfuerzan por vivir y servir como mujeres de Dios.

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