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Se celebra el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, cuatro de cada diez mexicanas sufren violencia

Se celebra el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, Cuatro de cada diez mexicanas sufren violencia. En el marco del Día Internacional para la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer, se revelan cifras vinculadas al cambio de papeles domésticos que inciden en el maltrato contra las mujeres mexicanas.

Este domingo se celebró el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer y se dieron a conocer estadísticas que revelan violencia hacia las mujeres desde la adolescencia.

Por su parte, la Comisión Nacional de Derechos Humanos reveló que el 42.4 por ciento de las mujeres en México, a partir de los 15 años, ha recibido agresiones emocionales; y 13.5 por ciento de esta población sufrió violencia física con daños permanentes o temporales.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) reveló que sólo el 5 por ciento de la población en Latinoamérica denuncia eventos las agresiones sufridas; el organismo indicó que las razones van desde un bajo apoyo de los sistemas judiciales, vergüenza, miedo de venganza o ser etiquetadas socialmente, señaló la OMS en el marco del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia.

En la región, según la OMS, entre el 5 y el 15 por ciento de las mujeres que están casadas sufren violencia sexual durante todos los años que dura el matrimonio, además de violencia física y maltrato.

Por su parte, la CNDH lanzó la campaña “Unidos por los derechos humanos para eliminar la violencia contra las mujeres en México”, con el objetivo de focalizar estrategias y difundir campañas de concientización para sensibilizar a la población sobre la problemática, de la violencia contra la mujer.

El Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, fue aprobado por la Asamblea General de la ONU en recuerdo del asesinato de las tres hermanas Mirabal en República Dominicana perpetrado por órdenes del dictador Rafael Leónidas Trujillo, el 25 de noviembre de 1960.

En Conferencia general de octubre del 2004, el entonces Presidente de la Iglesia, Gordon B. Hinckley (1910-2008), en el discurso titulado “Las mujeres en nuestra vida”, enfatizó sobre la participación esencial que tienen las mujeres en “plan de felicidad” de nuestro Padre Celestial:

 

¿Por qué es que aun cuando Jesús puso a la mujer en un lugar de tanta importancia, hay tantos hombres que profesan Su nombre y al mismo tiempo degradan a la mujer?

En Su gran plan, cuando Dios creó al hombre, Él creó la dualidad de los sexos. La sublime expresión de esa dualidad la encontramos en el matrimonio, donde una parte complementa a la otra. Como lo declaró Pablo: “En el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón” (1 Corintios 11:11).

No existe ningún otro acuerdo que cumpla con los divinos propósitos del Todopoderoso. El hombre y la mujer son Sus creaciones y esa dualidad es parte del plan de Dios. Su relación y funciones complementarias son fundamentales para Sus propósitos; y uno está incompleto sin el otro.

Observé algo muy interesante hace algunos días. Las Autoridades Generales estábamos en una reunión junto con la Presidencia de la Sociedad de Socorro. Esas hermanas tan capaces compartieron con nosotros, en nuestra sala de consejos, principios de bienestar y se refirieron a la forma de ayudar a personas necesita- das. Nuestra posición como oficiales de esta Iglesia no se vio disminuida por ello, más bien, nuestra capacidad para servir creció.

Hay algunos hombres que, en un espíritu de arrogancia, se creen superiores a la mujer. Parecen no darse cuenta de que ellos no existirían de no ser por la madre de la cual nacieron. Cuando ellos tratan de imponer su superioridad, rebajan a la mujer. Se ha dicho que “El hombre no puede degradar a la mujer sin caer él mismo en la degradación, y no puede elevar- la a ella sin al mismo tiempo elevarse él” (Alexander Walter, en Elbert Hubbard ́s Scrap Book, pág. 204).

Toda mujer es una hija de Dios. Uno no puede ofenderla a ella sin ofenderlo también a Él. Suplico a los hombres de esta Iglesia que busquen y nutran la divinidad que hay en su compañera. En la medida que eso su- ceda, habrá armonía, paz, amor y la vi- da familiar se verá enriquecida.

Bien nos recordó el presidente McKay que: “Ningún éxito [en la vida] puede compensar el fracaso en el hogar” (L. Tom Perry, “El ser padre, un llamamiento eterno”, Liahona, mayo de 2004, págs. 69–72).

Asimismo reconocemos la gran verdad que nos enseñó el presidente Lee, que: “La obra más importante del Señor que harán jamás será la que realicen dentro de las paredes de su propio hogar”, (Dallin H. Oaks, “La Sociedad de Socorro de la Iglesia”, Liahona , julio de 1992, págs. 39–42).

Las mujeres de nuestra vida son criaturas engalanadas con cualidades divinas muy particulares, las que hacen que extiendan manos de bondad y de amor a quienes las rodean. Podemos alentar esa conducta natural si les concedemos la oportunidad de dar expresión a los talentos e impulsos con que han sido bendecidas. No hace mucho, mi amada compañera me dijo tiernamente una noche: “Tú siempre me has dado alas para volar, y ésa es una de las razones por las que te amo”.

Las mujeres son una parte esencial del “plan de felicidad” que nuestro Padre Celestial ha delineado para nosotros. Ese plan no puede operar sin ellas.

Hermanos, es mucha la infelicidad que existe en el mundo; hay demasiado sufrimiento, dolor y desengaño. Son muchas las lágrimas que derraman esposas e hijas angustiadas y es demasiada la negligencia y enorme el maltrato.

Dios nos ha dado el sacerdocio, y ese sacerdocio no se puede ejercer “sino por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero; por bondad y por conocimiento puro, lo cual ennoblecerá grandemente el alma sin hipocresía y sin malicia” (D. y C. 121:41–42).

Cuán agradecido estoy, cuán agradecidos debemos estar todos, por las mujeres en nuestra vida. Que Dios las bendiga; que Su gran amor descanse sobre ellas y las corone con brillo y belleza, gracia y fe. Y que Su Espíritu descanse también sobre nosotros, los varones, y nos guíe siempre para que las respetemos, estemos agradecidos por ellas, les demos ánimo, fuerzas y amor, lo cual es la esencia misma del Evangelio
de nuestro Redentor y Señor. Esto ruego humildemente, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

 

 

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