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La Carta a Wentworth (El origen de los Artículos de Fe Segunda Parte)

A continuación la carta dirigida a John Wentworth:

La Carta a Wentworth

 Nací en el año de 1805, el día 23 de diciembre, en el pueblo de Sharon, condado de Windsor, estado de Vermont. Tendría yo unos diez años de edad cuando mis padres se trasladaron a Palmyra, estado de Nueva York, donde vivimos unos cuatro años, y de allí nos mudamos al pueblo de Manchester. Siendo mi padre granjero, me enseñó el arte del cuidado de los animales. Tendría yo unos 14 años de edad cuando comencé a meditar sobre la importancia de estar preparado para una vida futura y, al investigar acerca del plan de salvación, encontré que existía una verdadera confusión y malos sentimientos entre las varias sectas religiosas; cada una de ellas contendía por sus propias creencias particulares, como el súmmum de la perfección. Considerando que no todos podían tener la razón, y que Dios no podía ser el autor de tanta confusión, decidí investigar más plenamente el tema, comprendiendo que si Dios tenía una Iglesia, ésta no estaría dividida en distintas fracciones, y que si Él enseñaba a una sociedad a adorarle de una manera y a ejercer Sus ordenanzas de una forma específica, no enseñaría a otra sociedad principios totalmente opuestos.

Creyendo fielmente en la palabra de Dios, yo tenía gran confianza en la declaración de Santiago, que dice: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. ” (Santiago 1:5.) Por consiguiente, me retiré a un lugar secreto en una arboleda. Allí me arrodillé y empecé a orar a Dios; mientras me encontraba absorto en ferviente súplica, mi mente se apartó de aquellos objetos que me rodeaban y experimenté entonces una visión celestial, en la cual vi a dos personajes gloriosos muy parecidos el uno al otro y quienes estaban rodeados de una luz tan brillante que eclipsaba el sol del mediodía. Ellos me dijeron entonces que todas las denominaciones religiosas enseñaban doctrinas incorrectas y que Dios no aceptaba a ninguna de ellas como Su Iglesia y reino; y se me mandó expresamente  no unirme a ninguna de ellas, recibiendo al mismo tiempo la promesa de que en el futuro se me daría a conocer la plenitud del Evangelio.

En el atardecer del día 21 de septiembre de 1823, mientras me encontraba orando a Dios e intentando ejercer fe en las preciosas promesas de las Escrituras, de repente vi aparecer en mi cuarto una luz como si fuera de día, sólo que mucho más brillante y pura, y de una apariencia gloriosa, de tal forma que en un primer momento pensé que la casa estaba siendo consumida por el fuego; tal aparición me causó un gran sobresalto; repentinamente se apareció delante de mí un personaje el cual estaba rodeado por una gloria aún mayor que la que ya me rodeaba. Este mensajero me dijo que era un ángel de Dios, enviado para traer las nuevas de gran gozo de que pronto se cumpliría el convenio que Dios había hecho con Israel antiguo, y que el comienzo de la obra preparatoria para la segunda venida del Mesías estaba a las puertas; que éste era el momento para que se predicara el Evangelio en toda su plenitud y poder a toda nación, para que todo habitante pudiese estar preparado para el reinado milenario. Se me informó que yo había sido escogido para ser un instrumento en las manos de Dios con el fin de realizar en esta dispensación algunos de Sus propósitos gloriosos.

                   Asimismo, recibí información concerniente a los aborígenes de este país, mostrándoseme quiénes eran y de dónde provenían; recibí una breve historia de su origen, progreso, civilización, leyes, gobiernos, virtudes e iniquidades y de cómo las bendiciones de Dios fueron finalmente quitadas de ellos como pueblo; también se me informó acerca del lugar donde se encontraban depositadas unas planchas, las cuales eran un compendio de los registros de los antiguos profetas que habitaron en este continente. Tres veces esa misma noche se apareció ante mí el ángel repitiéndome exactamente las mismas cosas. El 22 de septiembre de 1827, y luego de haber recibido muchas visitas de los ángeles de Dios, los cuales me manifestaron la majestad y gloria de los eventos que habrían de suceder en los últimos días, un ángel del Señor colocó en mis manos los anales sagrados.

Esos anales estaban grabados en planchas que tenían la apariencia de oro; cada plancha medía 20 cm de largo por 15 de ancho, y de un espesor poco menos que el de la hojalata común. Cada una de ellas estaba llena de grabados con caracteres egipcios y ligadas en un volumen, como las páginas de un libro, por medio de tres grandes anillos. El volumen tenía aproximadamente 15 cm de espesor, parte del cual se encontraba sellado. Los caracteres de la parte no sellada eran pequeños y hermosamente grabados. Todo el libro exhibía muestras de antigüedad en su confección y mucha habilidad en el arte de grabados. Juntamente con esos anales, se encontraba un curioso instrumento, que constaba de dos piedras transparentes engastadas en aros de plata, las cuales estaban aseguradas a un pectoral, y que los antiguos conocían como el Urim y Tumim. Por el don y el poder de Dios, y por medio del Urim y Tumim, traduje esos anales.

                   En este interesante e importante libro, está expuesta la historia de la antigua América, desde sus primeros pobladores provenientes de la Torre de Babel, donde fueron confundidas las lenguas, hasta el comienzo del siglo V de la era cristiana. En esos anales se nos informa que la América antigua estaba poblada por dos razas distintas. La primera fue llamada jaredita y vino directamente de la Torre de Babel. El segundo grupo vino directamente de la ciudad de Jerusalén, unos 600 años antes del nacimiento de Cristo. Éstos eran principalmente israelitas, de los descendientes de José. Los jareditas fueron destruidos aproximadamente al mismo tiempo que los israelitas llegaron de Jerusalén, quienes pasaron a heredar este continente. La nación principal de esta segunda raza fue abatida en una gran batalla, aproximadamente hacia el fin del siglo IV. Los sobrevivientes son los indígenas que ahora habitan en este continente. En este libro también se relata que nuestro Salvador se apareció en este continente luego de Su resurrección; que Él implantó aquí el Evangelio en toda su plenitud, valor, poderes y bendiciones; y que del mismo modo que en el medio oriente, ellos tuvieron apóstoles, profetas, maestros y evangelistas, y gozaron también del mismo sacerdocio, las mismas ordenanzas, dones, poderes y bendiciones; que estos habitantes fueron quitados de la presencia de Dios como consecuencia de sus transgresiones, y que el último de sus profetas recibió el mandamiento de escribir un compendio de sus profecías, historia, etc., y esconderlo en la tierra para que, en los últimos días, saliera a la luz y se uniera a la Biblia a fin de lograr los propósitos de Dios. En el Libro de Mormón, el cual se puede obtener en Nauvoo o por medio de cualquiera de nuestros élderes viajantes, se encuentra un relato más detallado.

No bien se hizo público este descubrimiento, comenzaron a circular falsos rumores, calumnias, tergiversaciones, como en alas del viento, en toda dirección; la casa fue frecuentemente asaltada por turbas y personas con designios malignos. Apenas pude escapar con vida cuando me pegaron varios tiros. También se recurrió a cuanta estratagema se pudo inventar para quitarme las planchas; pero mediante el poder y la bendición de Dios quedaron seguras en mis manos, y muchos comenzaron a creer en mi testimonio.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días fue organizada en el pueblo de Fayette, condado de Séneca, estado de Nueva York, el 6 de abril de 1830. Unos cuantos miembros fueron llamados y ordenados por el Espíritu de revelación y profecía, y empezaron a predicar según el Espíritu les daba que hablasen; y a pesar de que eran débiles, se fueron fortaleciendo por medio del poder de Dios, y muchos fueron traídos al arrepentimiento, siendo sumergidos en el agua, y recibiendo, por la imposición de manos, el poder del Espíritu Santo. Mediante este poder, ellos tuvieron visiones y profetizaron, echaron fuera demonios y sanaron a los enfermos. Desde ese momento en adelante, la obra comenzó a extenderse con extraordinaria rapidez y se formaron varias iglesias en los estados de Nueva York, Pensilvania, Ohio, Indiana, Illinois y Misuri; en el condado de Jackson, de este último estado, se fundó un pueblo de considerable tamaño; un gran número de personas se unió a la Iglesia y comenzamos a crecer rápidamente; compramos grandes parcelas de tierra, nuestras granjas producían abundantemente y en nuestro círculo doméstico todos disfrutábamos de paz y felicidad; pero como no podíamos vincularnos con nuestros vecinos (quienes eran en su mayor parte personas viles, que habían tenido que escapar de la civilización hacia la frontera, huyendo de la ley) en sus parrandas de medianoche, en su profanación del día de reposo, carreras de caballos y juegos de azar, ellos comenzaron en primer lugar a burlarse de nosotros, luego a perseguirnos y finalmente se reunió un populacho organizado, los integrantes del cual quemaron nuestras casas, azotaron y cubrieron de alquitrán y plumas a muchos de nuestros hermanos, a los que finalmente, en forma contraria a toda naturaleza humana, justicia y ley, expulsaron de su lugar de habitación; éstos, sin casas ni hogar, tuvieron que vagar por las desoladas praderas hasta que sus hijos dejaron una huella de sangre en el camino. Esto ocurrió en el mes de noviembre, en una inclemente temporada del año y ellos no tuvieron otro techo sobre sus cabezas más que el cielo. El gobierno pasó por alto todo eso, y a pesar de que teníamos derechos sobre nuestra tierra y de que no habíamos violado ninguna ley, no recibimos justicia alguna.

Entre aquellos que inhumanamente fueron echados de sus hogares, había muchos enfermos, quienes tuvieron que padecer esos maltratos y buscar refugio donde pudieran encontrarlo. El resultado, para muchas de esas personas que fueron privadas de las comodidades más esenciales de la vida, fue la muerte; muchos niños quedaron huérfanos, y mujeres y hombres, viudos; el populacho tomó posesión de nuestras granjas y miles de animales vacunos y lanares, y otros fueron robados, así como la mayoría de nuestras posesiones y las mercancías de las tiendas. Rompieron los tipos de nuestra imprenta y destruyeron lo que no pudieron llevarse consigo.

                   Muchos de nuestros hermanos se trasladaron al condado de Clay, donde se quedaron hasta el año 1836, unos tres años; allí no sufrieron violencia, aun cuando fueron constantemente amenazados. Pero en el verano de 1836, esas amenazas comenzaron a adquirir proporciones más siniestras y, como consecuencia, comenzaron a hacerse reuniones públicas donde se aprobaron mociones que llevarían a la venganza y la destrucción; una atmósfera de miedo otra vez empezó a imperar entre nuestra gente. Lo sucedido en el condado de Jackson era suficiente precedente, y como las autoridades de ese lugar no interfirieron con el populacho, sus integrantes se jactaron de que aquí ocurriría lo mismo, lo cual confirmamos al tratar de conseguir la protección de la justicia. Después de mucha privación y pérdida de propiedades, fuimos nuevamente expulsados de nuestros hogares.

Más tarde, nos establecimos en los condados de Caldwell y Daviess, pensando que si poblábamos lugares prácticamente deshabitados, nos veríamos libres del poder de la opresión. Pero allí tampoco se nos permitió vivir en paz, puesto que en el año 1838 fuimos nuevamente atacados por los populachos, y el gobernador Boggs emitió una orden de exterminación. Bajo el asilo de la ley, una banda organizada de maleantes recorrió el condado, robando nuestros ganados vacunos, lanares y otros animales; muchos de nuestros hermanos fueron asesinados a sangre fría, la castidad de nuestras mujeres violada y a punta de espada se nos obligó a entregar nuestras propiedades. Luego de haber sufrido toda clase de indignidades en manos de esa inhumana banda de merodeadores, de doce a quince mil almas, mujeres, hombres y niños fueron expulsados del calor de sus hogares y de tierras sobre las cuales tenían todos los derechos (y en lo más crudo del invierno), a vagar como exiliados por la tierra o buscar asilo en un lugar más favorable y entre gente menos bárbara. Muchos se enfermaron y murieron como consecuencia del frío y las penurias que tuvieron que soportar; muchas mujeres quedaron viudas, y niños huérfanos y desamparados. Me llevaría mucho tiempo más del que se me permite aquí para describir las injusticias, los horrores, los asesinatos, el derramamiento de sangre, los robos, la miseria y el sufrimiento que fueron causados por el proceder inhumano e injusto de la ley del estado de Misuri.

                   En la situación antes aludida, llegamos al estado de Illinois en el año 1839, donde encontramos gente hospitalaria y hogares amigables: personas que estaban dispuestas a ser gobernadas por los principios humanitarios de la ley. Aquí hemos comenzado a construir una ciudad llamada Nauvoo, en el condado de Hancock. Nuestra población es ahora de 6,000 a 8,000 personas, además de un vasto número que habita en el condado vecino, y en casi cada condado de este estado. Se nos ha concedido un permiso legal para construir una ciudad y también para formar una legión, cuyas tropas tienen ahora mil quinientos soldados. También tenemos un permiso legal para fundar una universidad y crear una sociedad manufacturera y agrícola. Tenemos nuestras propias leyes y administradores, y poseemos todos los privilegios de los cuales disfrutan todos los ciudadanos libres y progresistas.

La persecución no ha detenido el progreso de la verdad, sino que sólo ha añadido combustible a la llama, puesto que la verdad avanza con una rapidez cada vez mayor. En medio del reproche y de la calumnia, orgullosos de la causa a la cual nos hemos aferrado, y conscientes de nuestra inocencia y de la verdad de nuestro sistema, los élderes de la Iglesia han marchado adelante y sembrado el Evangelio en casi cada uno de los estados de la Unión; ha penetrado en nuestras ciudades, ha sido predicado en pequeños pueblos y villas, y ha hecho que miles de nuestros nobles, inteligentes y patrióticos ciudadanos obedezcan sus mandatos divinos y sean gobernados por verdades sagradas. Se ha difundido también en Inglaterra, Irlanda, Escocia y Gales, adonde se han enviado unos pocos de nuestros misioneros y donde en el año 1840, más de 5.000 personas se unieron al Estandarte de la Verdad; en todo lugar hay ahora grandes números de personas uniéndose a la Iglesia.

                   Nuestros misioneros se dirigen a varias naciones, y en Alemania, Palestina, Nueva Holanda, Australia, las Indias Orientales y otros lugares, el Estandarte de la Verdad se ha levantado. Ninguna mano impía puede detener el progreso de la obra: las persecuciones se encarnizarán, el populacho podrá conspirar, los ejércitos podrán juntarse, y la calumnia podrá difamar, mas la verdad de Dios seguirá adelante, valerosa, noble e independientemente, hasta que haya penetrado en todo continente, visitado toda región, abarcado todo país y resonado en todo oído, hasta que se cumplan los propósitos de Dios, y el gran Jehová diga que la obra está concluida.

1.- Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo.

2.- Creemos que los hombres serán castigados por sus propios pecados, y no por la transgresión de Adán.

3.- Creemos que por la Expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio.

4.- Creemos que los primeros principios y ordenanzas del Evangelio son: primero, Fe en el Señor Jesucristo; segundo, Arrepentimiento; tercero, Bautismo por inmersión para la remisión de los pecados; cuarto, Imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo.

5.- Creemos que el hombre debe ser llamado por Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que pueda predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas.

6.- Creemos en la misma organización que existió en la Iglesia Primitiva, esto es, apóstoles, profetas, pastores, maestros, evangelistas, etc.

7.- Creemos en el don de lenguas, profecía, revelación, visiones, sanidades, interpretación de lenguas, etc.

8.- Creemos que la Biblia es la palabra de Dios hasta donde esté traducida correctamente; también creemos que el Libro de Mormón es la palabra de Dios.

9.- Creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios.

10.- Creemos en la congregación literal del pueblo de Israel y en la restauración de las Diez Tribus; que Sión será edificada sobre el continente americano; que Cristo reinará personalmente sobre la tierra, y que la tierra será renovada y recibirá su gloria paradisíaca.

11.- Reclamamos el derecho de adorar a Dios Todopoderoso conforme a los dictados de nuestra propia conciencia, y concedemos a todos los hombres el mismo privilegio: que adoren cómo, dónde o lo que deseen.

12.- Creemos en estar sujetos a los reyes, presidentes, gobernantes y magistrados; en obedecer, honrar y sostener la ley.

13.- Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer el bien a todos los hombres; en verdad, podemos decir que seguimos la admonición de Pablo: Todo lo creemos, todo lo esperamos; hemos sufrido muchas cosas, y esperamos poder sufrir todas las cosas. Si hay algo virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza, a esto aspiramos.

Muy atentamente,

José Smith

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